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Paul Whiteman

Paul Whiteman es una de esas figuras clave en la historia de la música moderna que por un motivo u otro (o por ambos) no ha llegado a superar la prueba del tiempo.

Nacido en 1890, a los 17 años ya era primer viola de la Orquesta Sinfónica de Denver y siete años depués pasó brevemente a la de San Francisco. Y digo brevemente porque a pesar de tener formación clásica pronto vio la oportunidad que existía en la música popular. Musicalmente estamos en la época dorada del ragtime, que duraría hasta aproximadamente 1915, y cuya principal cualidad es que era música escrita para piano. Pero ya emergía otra corriente basada principalmente en la improvisación llamada jazz.

De manera que Whiteman unió ambas corrientes, le dio el empaque procedente de su formación clásica y fundó una orquesta que llegó a tener hasta 40 miembros durante la Primera Guerra Mundial, iniciando el movimiento que daría en llamarse Big Band, de la que fue el pionero.

Su éxito fue arrollador, le surgieron un sinfín de imitadores y él terminó instalándose en Nueva York en 1920. Llegó a grabar 600 discos (de pizarra, evidentemente) e incluso vino de gira a Europa a mediados de los 20. Su talento, como debe ser, le permitía también reconocer el ajeno: Descubrió (y contrató) en 1926 a un chico como parte de un trio vocal que terminaría llamándose Bing Crosby, o a Woody Herrman, o Hoagy Carmichael, y encargó obras a compositores de música “moderna” para darlas a conocer en su repertorio, como Gerswhin (“Rhapsody in Blue” fue encargo de Whiteman) o Duke Ellington.

Y sin embargo, Whiteman es un gran desconocido, principalmente por dos motivos:

En una época en que los negros no pintaban nada en los medios de masas y las fronteras musicales estaban por definir, los periódicos dieron en llamarle “El Rey del Jazz”, y así fue conocido y anunciado por todo el pais durante años, llegando a ser parte inseparable de su nombre. Pero como suele pasar, cuando se inició el revisionismo de la aportación negra a la cultura americana y se quiso reparar la injusticia que se había cometido sobre ellos en el mundo de la cultura se llegó al otro extremo y Whiteman y su obra fue denigrada y despreciada, así como su aportación a la cultura americana. De ahí a tildarle de racista solo había un paso, y de poco sirvió su historial de colaboraciones de talentos negros (Billie Holiday) o defensas de Duke Ellington. Es cierto que nunca contrató para su banda a músicos negros, pero no se puede olvidar la realidad de su época. En resumen, Whiteman pasó de ser una referencia indiscutible a ver su nombre borrado de los libros de música durante la última parte de su vida, que acabó en 1967. Su apellido tampoco ayudaba, la verdad…

Si a ésto le añadimos que su producción discográfica durante sus años de apogeo estuvo limitada a los frágiles discos de pizarra a 78 rpm y que el emergente soporte publicitario del cine le pilló en su época muda (lo cual era una seria limitación para una orquesta, para qué engañarnos) podemos comprender el por qué del desconocimiento de su obra.

Os muestro a continuación, después de la irritante (pero corta) publicidad, dos de sus grabaciones. Una de Charleston, el tema que popularizó el baile del mismo nombre, grabada en 1925, y la segunda del encargo ya mencionado a Gershwin, la primera grabación del Rhapsody in Blue, de 1924. Ambas han sido extraidas de discos de pizarra por lo que su calidad no es la estandar en estos tiempos, pero su calidad documental compensa con muchos sus limitaciones. En cualquier caso, su catálogo ya es de dominio público por lo que puede descargarse desde la web www.archive.org sin problemas.

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